Desde la cripta
Lo diré sin rodeos: fallecimos.
Ahora lo diré con rodeos.
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El mundo es tal en los últimos años que uno empieza a sospechar que en la pandemia morimos todos. Lo que se ve hoy en las noticias debe de ser una suerte de trasmundo o purgatorio que seguramente merecíamos. De forma invariable, aquello que nos iba a salvar, precisamente lo que nos iba a conducir a un futuro luminoso, se convirtió en amenaza existencial: nuestros líderes, nuestras instituciones, nuestra tecnología, nuestro modo de vida; sin ir más lejos, este Internet que pasó de utopía a combustible distópico. Las amenazas existentes (ecológicas, geopolíticas) sólo hicieron agravarse. El mundo entero, con todo lo que contenía, comenzó a mierdificarse. Las personas también. Las personas se tornaron, a golpe de algoritmo, más bobas e insensibles, más sectarias y estúpidas, más ñoñas y violentas. Y luego empezaron las guerras.
No es que este sea el peor de los tiempos: es que es tan falso que no merece ser llamado ‘tiempo’. Por resumirlo en una frase, lo poco que aún era sólido «se desvaneció en el aire». Los pocos de nosotros que aún éramos sólidos también nos desvanecimos, cada uno a su manera (TikTok, Instagram, la IA, el gym…). Al revelarse el selfie no salíamos en la foto. Somos almas incorpóreas experimentando una cruel parodia del mundo de 2019. Ergo morimos. No cabe otra conclusión.
Sí admiten debate las fechas. Escogí la pandemia por ser un acontecimiento macro, pero sabemos que estos suelen tener poco alcance. Si el COVID-19 fue nuestro verdugo, entonces la sentencia debió de firmarse unos meses antes del descubrimiento del patógeno. La ejecución fue pública y aparatosa, pero el veredicto se dio en la penumbra de un pequeño cuarto… Un cuarto al que muchos nos asomamos hoy con una mezcla de anhelo y horror.
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También yo soy de los que creen —quieren creer— que los grandes problemas de nuestro tiempo, los sinsabores cotidianos que arrastramos, se remontan demostrablemente a lo que sucedió la noche del 9 de agosto de 2019 en una celda de NY; esa noche indeleble que ilumina el presente, pasado y futuro.
Esa noche mágica de la que un hombre amaneció colgado en su celda se sellaron nuestros destinos.
2026 es el purgatorio de Epstein. Somos el último sueño que tuvo Epstein, al alba. Nuestras luchas y batallas, nuestros triunfos y fracasos, los de nuestros países, los de nuestra civilización… Marcados, a décadas de los crímenes, por esos mismos nombres, los mismos poderes fácticos, las mismas fortunas, las mismas perversiones, los mismos viejos rostros de su Lista. Esa Lista que, si se explica un poco, si se expande un poco, contiene las madejas del futuro… Una «lista» que se asemeja al Libro del que hablaban los Antiguos, donde lo que sucederá fue ya escrito.
Pienso que, cuando se ataba (o le ataban) la soga al cuello, Epstein nos vio. No podía no vernos. Estábamos en su lista.
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Somos los niños de Epstein, y, en abril de 2020, éramos lo suficientemente ingenuos como para, inscritos ya en el Libro de la Muerte, deshacernos en expectativas mesiánicas acerca de una Nueva Normalidad: «un cielo nuevo y una tierra nueva».
La humanidad se demostraba cada día en las noticias el mismo embutido «de ángel y bestia», de dignidad y mezquindad, magnanimidad e idiotez, el mismo fiambre de siempre, pero nosotros pensábamos que, por alguna razón, saldríamos diferentes. Y, en un sentido que ninguno sospechábamos todavía, así fue…
Para despedirme transcribo unos versos talismánicos que garabateé aquellos días. ¿Quizás mi último poema…? A veces regreso a él, por si acaso estoy vivo:
El poeta en 2020
Yo creo en la Nueva Normalidad.
Creo que tenemos que alcanzar una Nueva Normalidad, que será, en realidad, la primera normalidad que conozcamos.
(Lo anterior era una pesadilla, que sólo otra pesadilla puso de relieve…)
Pero pocos creen en esa Nueva Normalidad.
La mayoría prefiere, daría su vida —está dando su vida— por
la Rancia Normalidad,
el Reino del Ayer,
el Comosiempreparasiempre.
«Bar para hoy y hambre para mañana»…
Poderosas son las fuerzas veteronormales.
¡Atención! Mi Normalidad no es de este mundo
…mas por allí se divisa, por allí resopla, cabalgando las «olas».
Cada nueva «ola» arrastra fragmentos, retazos de esa Normalidad que mora en las profundidades,
de la Normalidad potencial que se esconde en el laberinto de las «olas».
La Normalidad futura que siempre estuvo ahí.
En los abismos del tiempo.
Imagen: fotograma de La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968).