Prólogo mítico en dos tiempos para Federico García Lorca
En el año 1978, al cumplirse ochenta años del nacimiento de Federico García Lorca, preparé el siguiente texto para recordar su figura y su larga ausencia. En él, todas las palabras en rojo pertenecen a distintas obras de Federico. Dicho texto servía de prólogo a una pequeña antología de su obra que preparé para amigos. Al volver a leerlo casi medio siglo después, encuentro con alegría que la admiración por su figura y la emoción por su obra continúan intactas en mí.
Joaquín Carrera, agosto de 2026.
¿Dónde guardan los muertos
sus ojos vidriosos
cuando no pueden ya llorar?
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
1.
(Esparcidos por el suelo. En silencio. Sin poder volver al sueño.)
Federico sabe que
todas las tardes en Granada,
todas las tardes se muere un niño.
El pasado y el presente, la historia contada y la historia vivida, llenan su cabeza de imágenes y recuerdos que atormentan
el niño herido gemía
con una corona de escarcha […] el niño que enterraron esta mañana
lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para
que callase […] yo tenía un hijo que se llamaba Juan […] yo tenía
un hijo […] he golpeado los ataúdes […] ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!…
Federico observa poco a poco como la muerte se impone, haciendo imposible cualquier resquicio de esperanza. Y grita:
no importa que el niño calle cuando le clavan el último alfiler,
no importa la derrota de la brisa en la corola del algodón,
porque hay un mundo de la muerte con marineros definitivos
que se asomarán a los arcos y os helarán por detrás de los árboles.
Y necesita descansar de tanto horror
quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto
Federico, lentamente, se duerme.
2.
Si tú vinieras a verme
por los senderos del aire,
me encontrarías llorando
bajo los álamos grandes.
Porque Federico no ha muerto. Eso es mentira. El sólo se retiró a descansar un poco
quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que hay un establo de oro en mis labios;
que soy el pequeño amigo del Viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
Si Federico volviese, tendríamos que expulsarlo de nuestra casa: tan molesto y terrible nos parecería encontrarnos con una persona que con su sola presencia rompe todos los esquemas de la gris cotidianeidad de nuestros dias. Sin embargo, una lluvia fina asaetearía nuestra conciencia, aletargada en las tardes de grisnocturno aburrimiento, e incluso llegaríamos -posiblemente- a pensar que
debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato.
Si Federico volviese, saldríamos impregnados de la fuerza vital de la palabra y el llanto, sacudidos por su voz desgarradoramente humana y armoniosa.
En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas,
creyendo como él que
un día veremos la resurrección de las mariposas disecadas y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos, queremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra boca.
Si Federico volviese… pero
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras,
Sobre las caras relucen
manchas de tinta y de cera
ellos le robaron la mañana,
QUE TE BUSQUEN EN MI FRENTE.
JUEGO DE LUNA Y ARENA.
Alma Ausente
No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.