La imposibilidad de un despertador
A veces me pregunto si hay despertadores en el cielo. Me parece un tema de suma magnitud: como ensayista de pasta blanda, me adhiero al lema gremial de que «no hay tema pequeño», si se lo mira desde la ventana adecuada. La existencia de despertadores, en concreto, problematizaría varias cosas que solemos dar por sentadas sobre el cielo: para empezar, supondría que no se cumple allí íntegramente la voluntad divina, pues de lo contrario cada uno se despertaría justo cuando Dios lo quisiera, si no todos al unísono. La biología habría vencido, pues, a la Providencia (la existencia de biología, y de funciones corporales primarias como el sueño, están por lo demás implícitas en la noción de despertador).
Y aun cuando esto se pueda justificar teológicamente de algún modo, lo que no admite respuesta, a mi ver, es la hipótesis del remoloneo: imaginen que de vez en cuando un despertador sirve, como aquí en la tierra, para que alguien que ya está despierto, pero remoloneando en la cama, se levante de una vez. Ello significaría que hay cosas de apariencia más placentera que un día en el cielo, por lo menos para una mente confusa y semidormida. De nuevo la posibilidad de un despertador acarrea la imposibilidad del cielo. Y la posibilidad del cielo acarrea la imposibilidad de un despertador.
Sí: los teólogos nos explicarán, o fingirán explicarnos, que el contenido de los sueños es, en el cielo, tan celestial como el de las horas de vigilia, e incluso igualmente vívido, por lo que tan legítimo sería levantarse como apoltronarse en la cama. Empero, la negra duda queda sembrada: si ya en esta vida podemos soñar un cielo, ¿por qué necesitamos que además exista?