El esturión. Vida y muerte en el bajo Guadalquivir.
También a este asunto me acerco desde la memoria. El niño que yo era escuchaba hablar de los sollos, un pez extremadamente grande, cuya sola mención activaba los resortes de su imaginación. La imagen de un pez muy grande, que podía pesar cerca de 100 kilos y que, viviendo en el mar subía por el río cada primavera, era una irresistible provocación para su capacidad de fantasear. Entonces, —al menos así lo recuerdo— nadie les llamaba por su nombre: esturión. Y debieron pasar años para que, además, yo supiese que esos animales habían sido bautizados por Linneo como acipenser sturio y que se les atribuía una gran antigüedad y que, al decir de los científicos que lo habían estudiado, pertenecían a “un grupo de especies propias de épocas geológicas muy remotas”. (1)

Ese dato de su necesidad de abandonar el mar para buscar espacios del río donde les fuese posible reproducirse sumaban a los sollos una aureola de misterio. Sin embargo, eran de antiguo conocimiento de las gentes del río que -fruto de esa vía de saber que se asienta en la experiencia- esperaban cada año el tiempo concreto en que estos peces se hacían presentes en el Guadalquivir. Y este conocimiento fue ratificado por los estudios científicos que comenzaron a hacerse a partir de la utilización del esturión como materia prima de la fabricación del caviar. Como en tantos otros ámbitos de la sabiduría popular, transmitida generacionalmente y elementos de sus expresiones culturales, el empirismo de los pescadores de Coria del Río y de Alcalá del Río devinieron certezas científicas: todos conocían el tiempo en que los “sollos venían”.
En el estudio sobre el esturión del Guadalquivir realizado por el Ministerio de Agricultura, retoman muchas de las aportaciones que ya realizase Teodoro Classen en 1944, se muestra un completo análisis de la biología del esturión y se explicitan sus hábitos biológicos. Classen era un ictiólogo ruso traído por la familia Ybarra cuando emprendió la explotación de los sollos en la factoría del caviar que habían creado en Coria del Río en 1932. Seguramente fue la primera fuente de conocimiento que los empresarios tuvieron para confirmar la singular iniciativa de producir caviar en un río del último rincón del suroeste europeo (2). Por el contrario, el estudio del Ministerio es de 1962 y se encargó para conocer el grado del peligro de extinción de estos peces, tras sostener una metodología de manejo que les llevaba indefectiblemente a que esos temores se cumpliesen.
Desde los primeros pasos de estos estudios, en lo que se refiere a fijar los momentos de entrada en el río, las fases o tiempo de desoves y los posteriores regresos al mar, se advierte un interés por marcar las diferencias entre ellos machos y las hembras, al ser éstas el objetivo principal de las capturas como portadoras de las huevas para el vaciar. Antes de la creación de la factoría (1932) ese dato no era tan importante. Los esturiones eran pescados porque sus carnes ahumadas tenían una importante aceptación en el mercado sevillano, más que en el coriano. Y en todo caso, en el estudio del Ministerio se afirma que esas fechas eran siempre aproximadas porque dependían de cómo habían sido las lluvias en invierno y si el Guadalquivir había experimentado o no una de sus crecidas, porque ésta “limpiaban” el río y frenaban el avance del tapón salino.
Las referencias de las que disponemos nos llevan a señalar que, si el río se había limpiado, los machos comenzaban a entrar desde finales de enero y que se registraban entradas hasta primeros de mayo. Por el contrario, las hembras tenían el momento de su llegada entre los meses de marzo y abril. Las razones del desigual comportamiento eran un dato de valor, porque a partir del momento en que nació la explotación para el caviar, las hembras atraían todo el interés y eran claras: el peso proporcional que las huevas añadían a las hembras era tan alto que les restaba su capacidad natatoria, iban más lentas e incluso hacía su trayecto avanzando muy a ras de suelo del fondo, un hecho este que sería definitorio para aplicar un arte de pesca específico, los llamados palangres.
La suma de estas dos dinámicas, daban lugar a que la mayor concentración se produjese, entre abril y la primera quincena de mayo, de un modo similar en los diversos lugares de desovaderos, situados en un espacio en el entorno de Alcalá del Río. Teodoro Classes llegó a afirmar que esos desovaderos habrían estado también aguas arriba, hasta la provincia de Córdoba. Pero la construcción de la presa de Alcalá del Río lo cambió todo. retomo palabras de Gutiérrez Rodríguez, en su ya citado estudio sobre el esturión del Guadalquivir, “el hombre, en la utilización de todas las posibilidades que ofrece un río, no ha tenido en cuenta más que procurar el máximo de aprovechamiento, sin considerar para ello la existencia de los seres que en él se desarrollan”.. Pese a ello, los esturiones recompusieron la situación adaptándose a otros desovaderos, aguas debajo de lapresa hasta La Algaba (3).

Hasta ahí había acudido tradicionalmente los pescadores corianos, en sólidas barcas construidas en talleres al pie de su orilla, a las que se dotaban de unas fuertes redes, que llamaban sollares”. Ese fue el modo en que la pesca del esturión se practicó en el Guadalquivir hasta que en 1932 se erigió la ya referida presa. Regresaban con sus cargas, asegurando la carne del sollo que entonces aparecía en las mesas de muchas familias, más las humildes que las pudientes. Muchos de aquellos pescadores corianos, continuadores de largas sagas de hombres del río dedicadas a faenar en él, conocían a la perfección los hábitos del sollo, en esos concretos momentos de su presencia en las aguas, primaban esta tarea a las que constituían sus cotidianas faenas. Las capturas del sollo era entonces su principal objetivo.


Eran una muestra más de la conexión entre el Guadalquivir y los habitantes de Coria del Río, continuadores de las viejas culturas del río y sus orillas. Aportemos un dato: en 1930, dos años antes de que se instalase la factoría de los Ybarra, la población total de Coria del Río era 7.100 habitantes, de los cuales eran obreros varones censados 1874 y su dedicación era como sigue: campesinos propietarios, 1075; jornaleros campesinos, 227; marineros pescadores, 222; y el resto dedicados a otras actividades al uso. Son suficientes para describir la vida del pueblo: un grupo abundante de pequeños propietarios agrícolas en proporción al número de jornaleros. Y era notable que estos fuesen casi los mismos que los que se dedicaban a las faenas en el río. Por tanto, los soportes de la vida eran la agricultura, —extendida por la amplia vega de la margen izquierda— y la pesca, promotora, a su vez, de actividades subsidiarias, entre las cuales la carpintería de ribera era la de mayor importancia.

Este es el espacio en el que tuvo lugar el proceso de vida y de muerte de los esturiones, puesto en marcha tras el cambio de apreciación del esturión y la que fuera una de sus consecuencias, el traslado de las pesquerías aguas debajo de Coria del Río y la incorporación de los palangres como arte de esa pesca. Y los hechos otorgaron un claro protagonismo a Coria del Río, alterando algunos parámetros en su vida y en su cultura tradicional. Tenía una cierta lógica que fuese así, porque era el reflejo de su supremacía en el desarrollo de la pesca en general y de las otras actividades que se relacionaban con ella y con el Guadalquivir. Convienen al caso de la realidad de Coria del Río las palabras de Paul Gwynne, que en las primeras páginas de su libro “El río Guadalquivir”. (ed. Renacimiento. 2006) afirma: …un río determina el destino de un pueblo con más fuerza que ningún otro tipo de accidente sobre la superficie de la tierra. El Guadalquivir es como un río madre que ha engendrado y amamantado a un pueblo, nodriza de una historia, de una lengua y de un arte.
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Esa conexión entre Coria del Río y las pesquerías del Guadalquivir fue una de sus señas de identidad. Y una mirada territorial nos da razones para entenderlo. Como todos los pueblos que se asientan en el borde oriental del Aljarafe y se asoman al río, —desde los de la vega alta, hasta La Puebla de Río, ya puerta de la marisma— Coria del Río buscó su emplazamiento en el llamado Cerro de San Juan, que es, justamente, aquel en el que el Aljarafe entra en contacto con el cauce del río. Como los otros, eligió un lugar cercano, pero en una altura que les permitiera ponerse a salvo de los grandes desbordamientos del río. Cerca y lejos al mismo tiempo, para sobrevivir a esa constante alternativa de “gloria y azote” con la que Joaquín Guichot resumió la relación del Guadalquivir con la ciudad de Sevilla.
Y otra diferencia entre Coria del Río y esos otros núcleos aljarafeños reside en que el posterior desarrollo de su trama urbana se hizo bajando desde el cerro y acercándose al río, en un proceso detenido en el borde del “lecho de inundación”. Es decir, este es un pueblo que, además de las razones de su origen, unió su vida al río de un modo más directo y más perdurable. Eugenio Nöel, en su breve relato sobre Las márgenes del Guadalquivir, (Sevilla, 1870), nos lo describe así: «A una milla de distancia, pasada Puebla, y sobre la misma orilla, encuéntrase el pueblecito de Coria, cuyas casas se extienden por la falda de la colina. Es el pueblo que Rodrigo Caro llama Caura y al que atribuye una fundación muy antigua…, atinada afirmación la del bibliófilo, filólogo clásico, poeta latino y castellano, sevillano de Utrera (1573-1647). Una constante sorpresa arqueológica testimonia el paso por ella de las muchas culturas que recorrieron el Guadalquivir a través de una historia que trascendió la frontera andaluza para ser Historia Universal, a partir del momento en que América apareció en el horizonte.
Junto a estas referencias a su antigüedad, otras de constante presencia son aquellas en las que se le asocia con la riqueza de la fauna piscícola que albergaban las aguas del Guadalquivir. Veamos el modo en que Andrea Navagiero, en su “Viaje por España” (1524) lo contaba: Guadalquivir es navegable hasta el puente de Sevilla y la marea creciente del Océano llega hasta dos leguas más arriba, esto es, hace retroceder al río con gran ímpetu, con lo cual se facilita la entrada de las naves. Antes de entrar en la mar forma el río algunas islas, dividiéndose en dos brazos que aún quedan harto grandes: las islas tienen muy buenos pastos, donde se crían muchos animales; péscanse en el río variedad de peces, entre ellos esturiones, que en España se denominan sollos; pero de lo que hay una gran abundancia es de sábalos, que se aprecian mucho, y en efecto, son mayores y más gordos que los nuestros, y por tanto mucho mejores…”.
No es la única mención que conocemos a la tradicional la presencia del esturión en aguas de nuestro río. Se conoce el testimonio de un sevillano, de nombre Pedro Tafur, viajero notable, quien entre 1436 y 1439 en sus Andanças e viajes hizo una exquisita crónica de su transitó por Europa y Asia, llegando hasta la desembocadura del río Don, en el mar ruso de Azov. Allí constató que se pescaban “sturiones que acá llamamos sollos, e de los huevos de aquellos finchen toneles e traelos a vender por el mundo, especial por la Greçia e la Turquía, e llamanlos caviar”.
Y suele añadirse una cita, como un aval asociado a Cervantes; la referencia que se hace al caviar en un fragmento del Quijote. En el mismo, — el capítulo LIV— se describe un banquete campestre ya en la segunda parte del Quijote, cuando Sancho se encuentra con su antiguo vecino el morisco Ricote: Todos traían alforjas, y todas, según pareció venían bien proveídas, al menos de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos leguas. Tendiéndose en el suelo y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de quesos, huesos mondos de jamón que, si no se dejaban mascar, no defendían ser chupados. Pusieron así mismo un manjar negro que dicen que se llama cavial y es hecho de huevos de pescados”, Este texto ha sido con alguna frecuencia mal interpretado asociando ese cavial con el del esturión, cosa imposible dada las zonas del interior en la que se produce el encuentro. Con certeza, esa alusión al “cavial” se refiere a una forma de salazón hecho con peces prensados y, del que se aclara que no se le tenía gran estima. Esta designación del cavial como cualquier forma de salazón de pescados está ratificada por la R.A.E.
Y tres siglos más tarde, volvemos a encontrar referencias casi idénticas, por ejemplo, en el Diccionario de Pascual Madoz (1845), en la voz Coria del Río, se reitera que en este lugar se lleva a cabo una pesca abundantísima de sábalos, sabogas, barbos, albures, robalos, anguilas y alguna lamprea; y también como Navagiero, resalta que en primavera y verano se cogen sollos muy grandes que suben del mar; alguna trucha en las riadas, y almejas. Es una evidencia que ignora Antoine de Latour, un profesor francés que, por estas mismas fechas de la edición del Diccionario, vino a Sevilla como preceptor de los jóvenes de la familia de Antonio de Orleans, duque de Montpensier y María Luisa Fernanda de Borbón, que llegaron en 1848, huyendo del cambio político en Francia tras la revolución. Pocos años después publicó un libro titulado “La bahía de Cádiz”, que en realidad consiste en el relato de un viaje por el Guadalquivir entre Sevilla y Sanlúcar de Barrameda.
Y al pasar por Coria del Río dice: Durante algún tiempo, descendemos hasta Coria entre huertas de naranjos cuyas raíces testimonian que el río los arrastra a veces en su curso…/…Infinidad de barquitas amarradas, como si dijéramos, a la puerta de sus dueños, parece indicar que se trata de una población de pescadores y sin embargo, no lo es así. La tierra de estas orillas es demasiado fértil para alimentar solo a pescadores. El hombre únicamente dedica su vida a las incertidumbres de los vientos y de las mareas allí donde la tierra, su antigua nodriza, le niega su pecho. O sea, que para el francés la alta presencia de embarcaciones en la orilla no eran señal suficiente para suponer que aquel fuera un pueblo en el que la pesca fuese muy importante.
Y Lozano Rey describe así al esturión destacando el dato de la antigüedad de la especie: Los esturiones son los representantes actuales de una estirpe de peces que habitó y floreció en los remotos tiempos de la era primaria, cuando no existían la inmensa mayoría de los peces actuales… Si los esturiones actuales han sobrevivido se debe a que pertenecen a una de las ramas de su árbol genealógico, que ha podido subsistir gracias a la plasticidad de la organización de sus especies o formas, las cuales se han sucedido de generación en generación y de época en época geológica”. Son datos que una década después, (1947) ratificaría quien habría de ser protagonista principal de estas experiencias y la gran fuente de conocimientos sobre las mismas: Teodoro Classen. Fue también la prueba del interés con el que los promotores, la familia Ybarra, abordó este proyecto. Classen era un ictiólogo de nacionalidad rusa que fue traído hasta Coria del Río para dar a conocer las claves de la naturaleza biológica de un pez al que los corianos llevaban pescando y comiendo durante centurias.

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Los datos de esta situación se mantuvieron hasta el final del primer tercio del siglo XX, en que un suceso, extraño a la realidad cotidiana de estos pagos de las orillas del Guadalquivir, vino a cambiarlo todo. El “descubrimiento” de que el esturión era una posible fuente de negocio mucho más allá que el de la sola modestia de su pesca o el valor sentimental de su antigüedad. Supuso un tiempo nuevo a partir de entonces, comenzaron a conocerse otros muchos aspectos de su biología e incluso de su historia en este tramo del río. Se le dedicaron monográficos, como el de Lozano Rey, (1934) (Notas relativas al esturión en España) el más completo hasta la aparición de las aportaciones de Teodoro Classen, o en 1962, el estudio del Ministerio de Agricultura. Era evidente que esa preocupación científica era fruto de las previsiones que debían tronarse antes de dar el paso decisivo de preparar la factoría que centraría todo un nuevo modo de explotación.
Tal cosa se concretó en 1932, año en que se abrió en Coria del Río una modesta factoría productora de caviar, la única en un río occidental europeo. Y dada la importancia que tal decisión supuso y los modos en que transformaron las prácticas tradicionales de los pescadores corianos, merece la pena detenerse un instante para recordar el modo, en parte azaroso, en que comenzó todo. Además de iniciar el principio del fin de la presencia del esturión en las aguas del río andaluz.
El origen del caviar sevillano comenzó en uno de los muchos actos sociales que se acogían en el palacio de Yanduri, sede de los marqueses del mismo nombre, Alguno de los asistentes, —se suele citar a Augusto Preney, un cocinero francés que trabajaba en el Palacio— fue consultado por Jorge Parladé Ybarra, conde de Aguiar y sobrino carnal de la marquesa, acerca de las posibilidades reales que había para ensayar la fabricación de caviar a partir de las huevas del esturión del Guadalquivir. Ante la coincidencia en la visión positiva, la familia Ybarra hizo venir a uno de los más reconocidos ictiólogos europeos, Teodoro Classen, quien, tras investigar las potencialidades de esta pesquería, emitió el decisivo dictamen que dio lugar al comienzo de la factoría de caviar y carne ahumada que estuvo operativa entre 1932 y 1968/70.
Classen publicó en 1944 (Madrid. Instituto Español de Oceanografía. Imprenta del Ministerio de Marina) un amplio documento titulado “Estudio bio-estadístico del esturión o sollo del Guadalquivir (Acipenser Sturio L.) que aún hoy sigue siendo un documento esencial para esa cuestión (4). Classen señala que, apenas llegado a España, conoció la obra de Lozano Rey, cuya lectura recomienda, y aclara que hizo algunas anotaciones a la misma …En el mundo antiguo el esturión era uno de los pescados cuya carne se apreciaba más que la de ningún otro…Siglos más tarde el esturión gozaba de gran prestigio en las ciudades del Guadalquivir, Sevilla y Córdoba. Los Reyes Católicos otorgaron el monopolio de la preparación del “Caviale” a los monjes del monasterio de La Cartuja de Sevilla y el derecho a ahumar la carne de este pez a una cofradía del barrio de los “ahumadores”. Y concluye que …este arte se perdió en las riberas del Guadalquivir”.
Pero es en las páginas de introducción a su estudio donde nos relata algunos datos que devienen de gran valor para acotar el significado de esta práctica de producción de caviar en un pueblo sevillano, tan alejado de los grandes ríos del mundo en el que tales pesquerías tenían lugar. Y el científico ruso añade puntualizaciones muy ricas para imaginarnos lo que fueron aquellos días, la actividad creciente en aquella huerta de la orilla, la espectacular llegada de aquellos enormes peces (singularmente las hembras) traídos vivos desde río abajo y sometidos de inmediato a su muerte y a la extracción de sus huevas. Esturión, vida y muerte. Comenzando por una afirmación definitoria, advirtiendo de que evitaría repetir lo que ya escribió en la obra de Lozano Rey, pero advirtiendo que “después de doce años de ocuparme intensamente de la pesca y del aprovechamiento de los esturiones del Guadalquivir, y después de haber estudiado y analizado prácticamente cada uno de los pescados cogidos por nuestros pescadores o comprados a los de los pueblos ribereños, no he concentrado motivo para cambiar mis opiniones sobre su biología en general”.
Sus palabras, destinadas a reafirmar el valor de sus aportaciones, deslizan sin embargo un dato que no podemos dejar pasar. La creación de la factoría para la producción del caviar, introdujo por primera vez en estas riberas la figura del pescador contratado. En una cultura de pescadores libres, sujetos sólo a sus propios impulsos y a la satisfacción de sus necesidades, aparecieron los “empleados en la fábrica”, entre los cuales se contaban mecánicos para atender al correcto funcionamiento de los motores, que se añadieron a las barcas, para poder desplazarse río abajo hasta los caladeros, como para poder traer vivos a sus capturas hasta la factoría (5). Así mismo, refiere Classen que la factoría compraba las pescas realizadas por esos pescadores que mantenían su libre derecho a faenar en el Guadalquivir. Pero ese destino seguro de sus capturas significaba también, aunque desde otro punto de vista, el papel protagonista de la factoría, de sus propietarios, la familia Ybarra, en la vida de la orilla que era, en gran parte, la vida del pueblo.


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No es el objetivo de este artículo adentrarse en los contenidos del importante estudio de Classen, pero sí debo realzar un dato que el propio autor apunta en sus reflexiones iniciales: Si ahora me atrevo a publicar estos datos concernientes a los esturiones del Guadalquivir, reunidos por mí durante estos años de pesca, es por la convicción de que este material tiene un valor científico considerable, pues no cabe duda de que es único en el mundo. Y añade más adelante que “No es probable que ningún otro investigador haya tenido la suerte de disponer para un análisis científico prácticamente la totalidad de la pesca de una especie de un río, o por lo menos, la totalidad de las hembras”. Es un dato clave para nuestro relato, porque fue esa pesca selectiva, primando a las hembras portadoras de las preciadas huevas, tal vez la causa más determinante en la muerte del esturión del Guadalquivir. No fue la única causa, como veremos, pero sí fue la de mayor capacidad destructiva.

Classen aclaraba que los esturiones machos “cogidos por los pescadores no contratados de Alcalá del Río y de otros pueblos, no llegaban a nuestra fábrica y escapan a mi análisis; pero las hembras pasan todas por la fábrica de caviar, propiedad de la Casa Ybarra, situada en Coria del Río”. Esta puntualización alude al modo en que la presa alteró el papel jugado por los desovaderos de Alcalá del Río. Pasó de ser el lugar por todos buscado, el mayor caladero de esturiones del Guadalquivir, para quedar como un desovadero de importancia declinante a medida que la llegada de esturiones era cada vez menor. Y fue también definitivo el cambio que supuso la adopción de los palangres como arte de pesca, dejando en el olvido a las llamadas redes solleras.




Cuando se instaló la fábrica de caviar y se priorizó de un modo radical la captura de las hembras, las artes de pesca y los lugares de los caladeros. Alcalá del Río dejó de ser el lugar en el que se pescaban y esas tareas se trasladaron muchos kilómetros río abajo, hasta los espacios del río marismeño. Allí se instalaron los palangres, controladas por los propietarios de la fábrica. Era un arte de pesca especialmente concebido para capturar a las hembras, de tal modo que todavía durante un tiempo los pescadores de estas riberas seguían acudiendo aguas arriba de Sevilla, donde pescaban los esturiones machos que había atravesado los palangres. Todo ello se debió a la planificación realizada por un técnico rumano, Efin Moskobició, a cuyo conocimiento recurrieron los empresarios. Hubo que importar instrumentos de pesca especializados, similares a los que se usaban en el Danubio y en los ríos rusos. Se trataba, nos explica Salvador Algarín (6), “de palangres de fondo, con grandes anzuelos empatillados de acero, fabricados especialmente para esturiones”. La adaptación de estas técnicas al Guadalquivir y la elección de las zonas en donde calar las artes fueron puntualmente determinadas por el ictiólogo rumano.
En la misma publicación, se incluye también un completísimo estudio de Salvador Algarín Vélez, sobre “La historia última de los esturiones del Guadalquivir”, obra definitiva para conocer el proceso que condujo al final de las producciones de caviar, al cierre de la factoría de Villa Pepita y a la desaparición del esturión de las aguas del gran río andaluz. Son relativamente frecuentes las descripciones del proceso y son conocidas las causas del mismo, pero en este estudio de Algarín se fijan fechas, se ponen cifras y se señalan los lugares de las pesquerías y el ritmo declinante de las mismas, hasta la definitiva clausura de la fábrica entre 1968 y 1970. “La larga historia de los esturiones se interrumpe, desgraciadamente, en estas últimas décadas. El relato final de la historia de estos peces en el Guadalquivir es similar a lo ocurrido en casi todos los ríos europeos, demostrando con esto nuestra incapacidad para proteger los legados más fascinantes y preciados de la naturaleza”.
Mas, el futuro de esta rentable actividad estaba ya hipotecado por la que finalmente sería una de las causas claves de su extinción: la presa de Alcalá del Río, que entró a funcionar en 1931. Su presencia privó a los esturiones de algunas de sus más importantes zonas de desove y cría al no poder remontar el río, especialmente las hembras a causa de su mayor peso. A pesar de este grave impacto, los esturiones consiguieron establecer frezaderos aguas abajo de Alcalá del Río, lo que favoreció la supervivencia temporal de la especie. Pero la suerte estaba echada, y a partir 1960 las capturas aceleraron su descenso de manera acusada. Es muy posible, como detalla Algarín, que se debiera a la acción conjunto de varias concausas; las prácticas de extracción masiva de áridos destinados a las exigencias de la construcción, que alteraría fatalmente esas zonas de desove y cría. Y paralelamente, también a lo largo de esta década de los sesenta se hizo muy perceptible la creciente contaminación de las aguas del río, especialmente en las áreas próximas a la ciudad de Sevilla. Se sumaban los diversos vertidos que hacían del Guadalquivir una cloaca, singularmente los propiamente urbanos y los procedentes de las grandes azucareras situadas río arriba de la ciudad.

Pero, con ser cada una de ellas causa de daños importantes, todas las opiniones que tratan este asunto coinciden en que el problema esencial para la continuidad de las pesquerías fue la sobrepesca de las hembras, esa pesca selectiva que solo tenía como fin obtener las huevas para seguir produciendo caviar, a costa de cualquier otra razón. Las cifras que Algarín nos proporciona explican por sí solas la inevitabilidad de la desaparición de la especie. Sus datos prolongan los que ya había dado Classen en 1948 y los lleva hasta el momento del inminente final de la explotación. Hasta ese momento, en 1966, la factoría coriana había procesado cerca de 160.000 kilos de esturiones (más de 4.000 ejemplares), de los que se obtuvieron unas 16 toneladas de caviar. El especialista ruso habías señalado en ese estudio de 1948 que “la producción es suficiente, con amplitud, para cubrir el consumo nacional’, y su calidad ‘es equivalente a la del mejor caviar ruso’.

Los datos son por sí mismos expresivos: si en 1935 solían procesarse unos 400 esturiones al año, en 1961 apenas se capturaron 49. Tres años después solo entraron en la factoría 17 ejemplares y, en 1966, que es el último año del que dispone de registros de la actividad, fueron sólo 4 los esturiones que pudieron aprovecharse. Así las cosas, en 1970 se cerró la factoría, señalándose en la declaración oficial de baja que el motivo de esta decisión era la “falta de entrada de pescado en el río”. Con la factoría se cerró también la huerta que la albergaba, cuyos naranjos, abandonados, fueron con el tiempo arrancados por los empujes erosivos del río que, en esa orilla, tenían y siguen teniendo una especial intensidad.

Notas a pie de página
(1): Gutiérrez Rodríguez, F. El esturión del río Guadalquivir. Servicio Nacional de Pesca Fluvial y Caza. Ministerio de Agricultura. Madrid. 1962.
(2): En el estudio citado en la nota anterior se refería a otros realizados por Francisco Vélez Soto, ingeniero de Montes, en dos años consecutivos, 1949 y 1950, añadiéndose que ya no hubo más datos hasta 1962.
(3): Los constructores de la presa idearon unos pasillos en rampa, colocados en los extremos de la presa, para facilitar la subida de los esturiones. No fue útil porque, especialmente las hembras, con su gran peso, eran incapaces de subirlo.
(4): Una edición facsímil del mismo fue recogida en el número 13-14 de la Revista Azotea (Ayuntamiento de Coria del Río, monográfico dedicado al Esturión del Guadalquivir).
(5): Aunque he renunciado al uso de las aclaraciones en notas al pie, el lector me comprenderá si hago una excepción para recordar que uno de esos mecánicos era Andrés García Acevedo, al que todo el pueblo conocían como “Andrés Bravo” y que con el tiempo sería el padre de mi mujer.
(6): Salvador Algarín el número 13-14 de Azotea, revista de cultura del Ayuntamiento coriano (2002).
(7): El citado estudio del Ministerio de Agricultura (1962) dedica a este asunto una pormenorizada atención.