Japón y España: del santo Javier a las bendiciones del príncipe
El día 15 de agosto de 1549 el jesuita Francisco Javier, acompañado del padre Cosme de Torres y del hermano Juan Fernández de Oviedo, arribó al puerto japonés de Kagoshima, en la isla de Kyushu, al suroeste de Japón. Era el litoral más accesible navegando desde el sur, desde Manila, un tramo de mar sobre el que se sucedían las tormentas y las calmas extremas que suponían riesgos de naufragios. No consta que el sacerdote navarro dejase escrita alguna apreciación sobre la belleza del paisaje al que llegaba: un puerto y un asentamiento al pie del cono volcánico de Sakurajima, de perfil semejante al Vesubio. Eso supuso con el tiempo que, desde occidente, se denominase a la ciudad la “Nápoles japonesa”. Su desembarco suponía la primera presencia de la cultura occidental en Japón. Comenzaba así el periodo que Antonio Cabeza, jesuita andaluz con gran conocimiento de la realidad nipona, llamó “el siglo cristiano en Japón”.
Algo más de medio siglo después, el día 5 de octubre de 1614, tras una interminable travesía por el Pacífico y el Atlántico, además de cruzar el continente por tierras de Nueva España, atracaba en la costa de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), el galeón de la Carrera de Indias que meses antes había partido del puerto de Vera Cruz. A bordo del navío viajaban los miembros de la Embajada Keicho, la primera que desde Japón se envió a occidente para entrar en contacto con la poderosa corona hispana. Días más tarde, navegaron río Guadalquivir arriba en dos galeras dispuestas por el duque de Medina Sidonia, los expedicionarios, que pretendían llegar al Arenal de Sevilla, se detuvieron en Coria del Río, una pequeña villa ribereña, donde una parte de ellos habría de permanecer durante casi tres años. A su marcha, dejarían como huella indeleble de su paso la semilla de un apellido, Japón, que siglos después siguen llevando varios centenares de sus habitantes. Aquel lejano suceso fue el punto de partida de las singulares relaciones de amistad hispano japonesas que siguen activas y que tienen a Coria del Río (Sevilla) como núcleo actual.
Ambos hechos suponen luminarias que destacan de modo singular, no sólo por sus cualidades de pioneros históricos, generadores de una página común de nuestras historias, sino por la trascendencia de la que los ha ido revistiendo el paso del tiempo. El primero, porque ha supuesto mucho más que un mero ejercicio de evangelización. Fue una primera experiencia en la compleja historia de las reiteradas tentativas de sostener en Japón nuestra cultura, nuestro arte y el pensamiento occidental en general. Allí acabó asentándose un mensaje que se ha mostrado capaz de sobrevivir a situaciones que, en algunas etapas de la historia nipona, supusieron dificultades extremas. El otro, porque adquiere ahora, justo cuando hace poco que ambos países han conmemorado los ciento cincuenta años del comienzo de las relaciones diplomáticas entre Japón y España, el valor del precedente más lejano de las mismas.
1

En mayo de 1545 Francisco Javier, ya entonces comprometido misionero, llegó al puerto de Malaca, situado al sur de la península del mismo nombre, uno de los enclaves esenciales de los tráficos comerciales de aquellas regiones del Asia oriental. En su puerto se concentraban los flujos desde Cantón (China), Goa (India), Ceilán (Sri Lanka) y las islas Molucas. Ahí se mantuvo el misionero durante tres años, viviendo “como pobre de Cristo en el hospital real”. Habían transcurrido ya cinco años desde que, a bordo del “Santiago”, partiera desde Lisboa con destino a las Indias Orientales (15 de marzo de 1540), en un viaje que devendría histórico y en el que se vio envuelto por diversas causas, entre las cuales el puro azar fue una de ellas.

Antes de todo eso, el navarro Francisco Jasso (1506-1552), nacido en el castillo de Javier, había vivido un largo proceso de formación universitaria, -en Paris-, y participado, junto a Ignacio de Loyola, en la gestación de lo que acabaría siendo la Compañía de Jesús. En 1537, de nuevo juntos, Francisco e Ignacio habían viajado a Roma con la finalidad de obtener del Papa Paulo III su beneplácito para viajar a Tierra Santa. Obtenido, se dispusieron a realizar sus deseos. Mas, aguardarían inútilmente en Venecia el momento de emprender el viaje y por ello determinaron regresar a Roma. Fue ese el contexto en el que se produciría la decisión del rey Juan III de Portugal, apodado “el piadoso”, de promover el envío de nuevos misioneros a las Indias Orientales entre los que, inesperadamente, se vería integrado Francisco Javier.

La solvente firma del padre Fernando García Gutiérrez S.J. (1928-2018), uno de los religiosos, a través del cual no sólo llegó a Oriente la voz de la fe cristiana, sino que trajo desde Japón el conocimiento de una cultura que, a partir de él, comenzó a ser menos desconocida. Él me presta ahora su saber para soporte de estas líneas. Y es él quien recoge las palabras precisas con las que Ignacio de Loyola se dirigió a Francisco Javier para exponerle esta decisión: “maestro Francisco, ya sabéis como por orden de Su Santidad han de ir dos de nosotros a la India y que habíamos elegido por uno a Maestro Bobadilla, el cual por su enfermedad no puede ir, ni el embaxador aguantar a que sane: ésta es vuestra empresa” (La Compañía de Jesús, puente cultural entre Oriente y Occidente. Sevilla. 2016. 25).

Cinco meses después, los viajeros llegaron a Mozambique, desde donde zarparon, en febrero de 1542, rumbo al Índico llegando el 6 de mayo al puerto de Goa: Once meses le llevó este tramo del viaje y durante los siguientes 10 años realizó tres grandes misiones, primero recorriendo el sur de la India, después por Indonesia y finalmente por Japón: “era la primera vez que Francisco Javier pisaba el suelo de Oriente, del que nunca se iba ya a separar” (García Gutiérrez, 25). Llevaba consigo varios Breves Pontificios que le atribuían las capacidades y poderes de su condición de Nuncio Pontificio para todas aquellas tierras sometidas al rey de Portugal. Siguieron para él varios años de constantes viajes, de incansables acciones misionales, dejando en todas partes la semilla de su fe, recorriendo aquel laberinto insular en el que habitaban gentes de tan diversas creencias y modos de vida.
En octubre de 1548 le hallamos en Malaca, donde Francisco Javier chocará de nuevo con esa componente azarosa que a veces altera nuestros planes y decide a su manera el curso de nuestras vidas. A punto de culminar los preparativos para regresar a Goa, donde le requerían urgencias relacionadas con la situación de las misiones en aquel territorio, Francisco Javier recibió la visita de un comerciante portugués. El encuentro y las informaciones que allí se intercambiaron tendrían trascendencia inmediata porque acrecentaron los deseos de religioso navarro y la urgencia de hacerlo. El mercader, “hombres de mucho crédito”, le transmitió “grandes nuevas de unas islas muy grandes de poco tiempo descubiertas, las cuales llaman las islas de Japón”, añadiendo que “se haría mucho fruto en acrecentar nuestra santa fe más que en ningunas otras partes de la India, por ser ellas una gente deseosa de saber en gran manera…”. Estábamos, pues, ante la primera noticia que, tiempo después, le conduciría a ser el primer español en pisar las islas de Japón. El objetivo de llegar a estas tierras se convirtió en la razón de sus movimientos.
El jesuita navarro ya tenía previsto ese viaje a Goa para ocuparse de los conflictos de aquellas misiones. Lo hizo, sin que en ningún momento dejase de tener presente el que habría de ser su nuevo reto: la evangelización de Japón. Así, regresado a Malaca, dispuso todo y partió para las islas japonesas. No fue fácil. Nada era fácil entonces y en aquellos enclaves insulares. Sus biógrafos relatan incidencias de variada índole a las que debieron enfrentarse durante este viaje. Era capitán de Malaca Don Pedro de Silva, hijo del gran Vasco de Gama y gran amigo de Javier y éste no encontró manera de armar un navío de gran calado y, como el tiempo de los vientos favorables urgía, no tuvo más remedio que apalabrar el junco chino del pirata Aván. Como no era muy de fiar, Don Pedro retuvo como rehén a su mujer y le hizo jurar que navegaría directamente a Japón. Esta modalidad de control del cumplimiento de lo acordado debió ser habitual en aquellas tierras, porque durante la presencia española en Japón, en ese tiempo que conocemos como “El siglo cristiano en Japón”, serán numerosos los daimios (大名) que aseguraban la fidelidad de sus rivales vencidos mediante la práctica de esos rehenes.
La situación de los religiosos navegando en el junco la han descrito ellos: El 24 de junio de 1549, los jesuitas Javier de Navarra, Cosme Torres de Valencia y Juan Fernandez de Córdoba, se metieron en el junco fabricado todo él de bambú, mal acomodados entre sacos de pimienta y cuantiosos regalos que llevaban para ofrecer al emperador de Japón. Al parecer ya en este tramo, la obligada convivencia que debieron tener con la tripulación, Francisco Javier se enfrentaría al choque de las prácticas religiosas de estas gente: Durante la larga travesía, a Javier le sacaba de quicio todo el tiempo que perdía Aván y la tripulación con las interminables ceremonias dedicadas a un ídolo situado en una hornacina de popa, una diosa del mar llamada Ma Tso Po, conocida como la reina de las hadas a la que día y noche mantenían encendida una lámpara en su honor. Para Javier no era más que un ídolo satánico. El resto del texto relata las muchas dificultades sufridas navegando entre tormentas y tifones. “Ved en qué estavan nuestras vidas, en suertes de demonios, y en poder de sus siervos y ministros. ¿Qué fuera de nosotros si Dios permitiera al demonio hazernos todo el mal que nos desseava?
Llegado el momento de navegar hasta Japón, Javier se hizo acompañar de Anjiro, el japonés que había conocido en Malaca, donde había arribado acompañando a un religioso jesuita que procedía de Goa. De él dice en sus cartas a Roma que “sabe portugués razonablemente, de manera que él me entendía y yo a él todo lo que decía”. No pueden resultarnos extraños estos encuentros, porque la ciudad y puerto de Malaca (Malasia) eran un enclave muy importante para el comercio mundial que se desarrollaba entre Asia, India y Europa, sobre todo desde el siglo XV. Fue una plaza codiciada que estuvo primero bajo dominio portugués y holandés y luego británico, pero el puerto mantuvo siempre su papel como escala estratégica en la travesía del estrecho de Malaca.

Se conocen solo algunas cosas de Anjiro, pese a su relevante papel de ayuda y estímulo para el misionero español. Sin él, difícilmente habría llegado Francisco Javier a Japón en aquel 1549. Sabemos que había nacido en Kagoshima, es decir, en el lugar en el que acabaría llegando con Javier. Una vez en Japón, sus reiteradas alusiones a su pleno conocimiento de aquel territorio resultaron ciertas, porque era el suyo. Unos lugares de los que había tenido que escapar, al parecer, por haber cometido un grave delito (¿homicidio?). Desde entonces se había movido, ganándose la vida, por aquellos centros de presencias europeas, ofreciendo sus servicios como traductor, pues había llegado a dominar bien el portugués. En esta condición había acompañado al jesuita que viajó desde Goa hasta Malaca en 1547 y dos años después y en esa misma se concertó que viajase con Javier.
No sabemos si Francisco Javier ignoraba su pasado, en todo caso, hizo un acto de confianza poniéndose en sus manos. Y seguramente acertó, porque lo que sabemos de los primeros momentos del religioso español en Japón nos habla de dificultades de diversos tipos, una de las cuales, tal vez la que soportaba peor, era la incomunicación, a causa de una lengua de la que solo había aprendido mínimos rudimentos. Anjiro debió ser entonces su apoyo fundamental. Aun así, el misionero español dejó escrito que Anjiro tenía el problema de que no dominaba el japonés culto, propio de los discursos filosóficos y religiosos, y que cuando comenzó a estudiar los conceptos budistas, y a tratar de establecer similitudes con el credo católico, cayeron en numerosas confusiones. En todo caso, esos mensajes del credo católico sí que se afirmaron en Anjiro, que finalmente tomó el bautismo y el nombre de Pablo de Santa Fe.
Y es también un dato cierto, que el propio misionero, devenido santo refrendó, que para decidirse a viajar a Japón le alentaron mucho las noticias que Anjiro le trasladaba sobre la situación de aquellas tierras. Y de un modo principal los datos que le fue aportando sobre la realidad japonesa y sobre los japoneses, sus hábitos, sus creencias: “pregunté a Anjiro, si yo fuese con él a su tierra, si se harían cristianos los de Japón,… diciéndome que primero me harían muchas preguntas y que verían lo que les respondía y lo que yo entendía, y sobre todo, si vivía conforme a lo que hablaba, y si hiciese dos cosas, hablar bien, satisfaciendo sus preguntas y vivir sin que me hallasen en qué me reprender…”, resumiendo que estas gentes “no se rigen sino por la razón”. Francisco Javier concluía: “Paréceme, por lo que voy sintiendo dentro de mi ánima, que yo, o alguno de la Compañía, antes de dos años iremos a Japón”.
Y fue él quien llegó “el día de Nuestra Señora de agosto de 1459, y sin poder tomar otro puerto, venimos a Cangoshima (sic), que es la tierra de Pablo de Santa Cruz (Anjiro), donde todos nos recibieron con mucho amor, así sus parientes como los que no lo eran”. De ese modo principiaba la presencia española en Japón y para el jesuita navarro un conjunto de experiencias esenciales para su vida espiritual y para su propia concepción de la tarea misional. Japón y los japoneses eran, tal como le había advertido Anjiro, diferentes a lo que hasta entonces había conocido, incluso por aquellas tierras del oriente. García Gutiérrez lo resume diciendo que el “Francisco Javier que emprende la aventura japonesa ya no es el conquistador en sotana que sólo piensa en convertir masas de infieles, sino el humanista cristiano que anhela el conocimiento y persigue un diálogo a escala humana”.
Pero para nosotros, para los cientos de hombres y mujeres de Coria del Río (Sevilla), que desde aquellos primeros años del siglo XVII hemos llevado el apellido de Japón, este relato de su encuentro con Anjiro nos aporta algo que no puede pasar desapercibido. Al contrario, se reviste ahora de una notable importancia. Cuando en sus cartas y en su relato Francisco Javier se refiere a aquella inesperada visita, dice que el religioso portugués que llegaba desde Goa, venía acompañado de “un Japón”, es decir, que, aun conociendo su nombre, primó en su descripción señalar su lugar de origen, “un Japón”. ¿No estaba haciendo lo mismo que habrían hecho medio siglo después los habitantes de la orilla sevillana de Coria del Río para referirse a los componentes de la Embajada Keicho que arribaron a ella? y, más aun, ¿no sería esa la clave del origen del apellido que, cuatrocientos años después y sin solución de continuidad hemos llevado tan alto número de hombres y mujeres de esa tierra?
2
Aquel día vivimos una de esas situaciones que trazan una línea en el continuo de nuestras vidas. Todavía los Japón de Coria del Río, es decir, los hombres y mujeres que llevábamos como apellido el nombre de ese país, no habíamos asumido en plenitud que pudiésemos ser lejanos descendientes de aquellos arriesgados navegantes japoneses que arribaron a la orilla de nuestro pueblo en octubre de 1614. Pero lo que de hecho sucedió aquella tarde es que se quebró para siempre el espeso tiempo de mutuas ignorancias que se extendió por casi tres siglos. Ese era el dato histórico que todos, los japoneses y los Japón de Coria del Río, estábamos tratando de superar. Porque era cierto y ya entonces nos resultaba casi inexplicable, que todas aquellas experiencias se borrasen, una vez regresados los japoneses y aunque el apellido Japón comenzó a aparecer en documentos municipales y en los libros de bautismo de la parroquia de Nª Sª de la Estrella.
Aquel día en el que estábamos convocados, —junto a la comunidad de japoneses avecindados en Sevilla y sus entornos— para escuchar a Su Alteza Imperial (en adelante, S.A.I.) el príncipe Naruhito, no esperábamos que nos traería una suerte de revelación, que afirmó nuestra condición de descendientes de aquellos japoneses. No obstante, nosotros, los Japón, ya habíamos cubierto casi una década, esforzados en desvelar el origen de nuestro apellido y sus posibles conexiones con aquella aventura de los embajadores japoneses. Todavía éramos pocos los que lo habíamos integrado en nuestras vidas, siguiendo la estela entusiasta y la directriz del coriano Virginio Carvajal Japón. Pero, aunque habíamos dado pasos muy fundamentados en busca de ese conocimiento, es cierto que todavía nos acompañaban las dudas. Y estaba ya en marcha, por vía de hecho, una realidad que entonces no valorábamos en su importancia real y que auguraba lo que podría venir, que no era otra cosa que el nacimiento de una relación fraternal entre los japoneses y los Japón de Coria del Río.

Cuando el príncipe Naruhito, —ya emperador de Japón, en el momento de redactar estas líneas— vino a Sevilla para presidir los actos del Día Nacional de Japón en la Exposición Universal de 1992, hacía tiempo que las gentes del pueblo comenzaron a entrever que algo estaba pasando, porque era cada vez más frecuente encontrar en nuestras calles a japoneses que, en número creciente, había llegado al pueblo. Se les veía caminar con indecisión, cargados con sus cámaras fotográficas y sus mapas y planos, buscando algún dato que les conectara con lo que habían venido buscando: conocer a algún hombre o alguna mujer que se apellidara Japón. Y desde entonces, se fue generando un hecho curioso; los corianos y las corianas que les veían, deseosos de ayudarles, les dirigían hacia la tienda de recambios de automóviles propiedad de Virginio Carvajal Japón. Era un comerciante muy conocido en el pueblo, del que se conocían sus grandes inquietudes intelectuales y su gran cultura.

Lo más trascendente, para lo que luego sucedería, es que ese comerciante culto, extrovertido y lúcido, poseedor de amplios conocimientos de la historia local y de la historia general de España y de Andalucía, había puesto en marcha la búsqueda de los orígenes de su apellido materno: Japón. Supo de la existencia de una embajada japonesa que había llegado a Sevilla a comienzos del siglo XVII. Fue el hilo que, tirando de él con una dedicación entusiasta, le permitió ratificar la veracidad y conseguir más informaciones de ese dato. Y, sobre todo, halló el dato que buscaba. Y lo halló por sus conocimientos de los procesos de navegación por el Guadalquivir en los momentos en que los japoneses lo hicieron. Y que aquellos navegantes que, como tantos otros, subieron por el Guadalquivir buscando el afamado puerto del Arenal de Sevilla, se habían detenido un tiempo en las orillas de Coria del Río.
La asociación de ideas era inevitable y ese dato activó aún más nuestros deseos de saber y, por circunstancias azarosas, pudo llegar el conocimiento de nuestra existencia a Japón, lo que a su vez aceleró la llegada de visitantes. En este hecho (1) tuvo su gestación y su desarrollo por la conjunción de tres personalidades: el alcalde de Sevilla, Manuel del Valle, su buen amigo, el economista Miguel Sánchez Montes de Oca, y el embajador de Japón en España Eikishi Hayashiya (1981-1984). Y estas acciones tuvieron tanta más importancia por cuanto en aquellos años iniciales de los ochenta, el desconocimiento sobre el apellido Japón era total. En aquellos momentos, Virginio había encargado un estudio sobre el apellido Japón en un centro de Genealogía y Heráldica. Su respuesta era tan débil como grande su ignorancia. “Al ser un topónimo, es decir, coincidente con un nombre de lugar, el apellido Japón debía inducir a pensar en una cierta relación con aquellos territorios”. Era lo que ya Virginio venía defendiendo con pleno convencimiento desde hacía tiempo.
Así pues, cuando llegó aquella tarde de julio de 1992, que sería parteluz en la historia de los Japón de Coria del Río, ya teníamos un suficiente grado de conocimientos sobre la embajada japonesa y, lo que era más importante, desde mediados de la década anterior, nuestra existencia ya era conocida por la sociedad japonesa, especialmente por la de la región de Tohoku. Y desde el momento en que se conoció en Japón la existencia de los Japón, el número de japoneses que llegaban al pueblo sevillano se había ido acrecentando visiblemente. Venían a Coria del Río atraídos por aquel suceso histórico, desde grupos de hispanistas, autoridades de municipios y ciudades vinculados con la embajada Keicho y sus protagonistas, hasta periodistas, historiadores o visitantes anónimos. Y también, desde muy pronto, los sucesivos titulares de la Embajada de Japón en España
Todos llegaban con idéntico objetivo: pisar la tierra que ellos pisaron y conocer a alguien que se llamase Japón, con el que, de inmediato solicitaban compartir una fotografía. Ese era el deseo que les movía a emprender un tan largo viaje: conocer a los Japón. A veces se acompañaban con los guías que les atendían en sus estancias en Sevilla, otras veces con la sola compañía de sus planos y sus libros-guías. Y desde muy pronto fluyó entre ellos una información clave, mediante “boca a boca” entre nuestros visitantes, que les causaba no poca extrañeza. El dato era que se les decía que, llegados a Coria del Río, debían ir a una tienda de repuestos de automóviles, en la que también se vendían bicicletas y otros artilugios del sector, porque sería allí donde encontrarían a alguien que se apellidara Japón. Virginio no sólo cumplía ese “requisito” del apellido, sino que podía responder a sus intereses más amplios, mostrándoles viejos mapas y explicándoles, a su manera, por qué aquellos viajeros japoneses habían desembarcado en la orilla de Coria del Río, unos diez kilómetros aguas abajo de la Sevilla que buscaban. Y todo ello, sin que ninguna de las partes hablara el idioma de la otra. La voluntad de entenderse era más fuerte que las fronteras de las lenguas.
Virginio realizaba estas funciones sin más compensación que el gozo de “reencontrarse” con quienes desde el primer momento consideró ascendientes suyos. Nunca hubo, ni siquiera soterradamente, una intención que no fuese la de dar cuerpo a lo que la historia nos estaba brindando. Por ello, incluso antes de que se produjese nuestro encuentro con el príncipe heredero, su labor tuvo el refrendo de la Embajada de Japón en España y atrajo el interés de los medios de comunicación nipones. Por ello, para aquel día de julio de 1992, la Embajada nipona había conectado con él para solicitarle, -con los adecuados sigilos diplomáticos-, que hiciera llegar a los hombres y mujeres apellidados Japón, de Coria del Río y de sus entornos, la invitación para acudir a la recepción que S.A.I Naruhito iba a ofrecer a la comunidad japonesa residente en Sevilla, la víspera del Día Nacional de Japón en la Exposición Universal. Sin excesivas dificultades Virginio logró reunir a más de un centenar de Japón, que acudimos alentados por una mezcla de curiosidad y de emoción, compartiendo el acto con los japoneses residentes que aguardaban entusiasmados la llegada de su príncipe.
De inmediato nos sentimos concernidos por lo que allí iba a suceder, como si presintiésemos algo. Y ese algo llegó cuando el heredero japonés, tras romper un barrilete de sake y brindar con el presidente de la Junta de Andalucía, comenzó a pronunciar su discurso. El príncipe Naruhito señaló entonces su contento por hallarse en la ciudad de Sevilla y por dirigir sus saludos no sólo a sus compatriotas avecindados en la ciudad, sino también a los miembros de la comunidad de “los Japón” allí presentes, a los que Su Alteza Imperial no dudó en considerar descendientes de los heroicos navegantes de la primera embajada que, a comienzos del siglo XVII, Japón había enviado a Occidente, y que habían arribado a Coria del Río. Aquel discurso del príncipe japonés disipó las dudas, -las propias y las ajenas-, acerca de la ligazón histórica que vinculaba a los Japón de Coria del Río con los protagonistas de la Misión Keicho y señaló a nuestro apellido como la más palmaria y perdurable huella de aquella primera presencia japonesa en España.
Como vértice del séquito que acompañó al príncipe Naruhito, vino a Sevilla, -quizás debiésemos decir regresó a Sevilla-, Eikishi Hayashiya, ex embajador de Japón en España (1981 a 1984), que había jugado un papel trascendente para que la existencia de “los Japón de Coria del Río” fuese conocida por la sociedad japonesa. Hayashiya había estudiado en la Universidad de Salamanca y desempeñado diferentes funciones diplomáticas en países de América Latina antes de su llegada a España. Fue entonces, asentado en Madrid, cuando comenzó a interesarse por una cuestión que ya le había atraído durante su paso por Méjico: localizar las posibles huellas que la embajada Keicho hubiese dejado en las tierras españolas, en general, y en las del sur peninsular en concreto. A diferencia de lo que le había ocurrido en el estado de Jalisco, en Sevilla Hayashiya no pudo localizar a los japoneses que buscaba pero, a través de los datos que le aportaron sus amigos sevillanos, sí pudo realizar uno de los grandes hallazgos de su vida y de su obra de hispanista: no había japoneses ¡pero si había mucha gente que se apellidaba Japón! especialmente concentrados en Coria del Río, es decir, en el mismo lugar en el que el samurái Hasekura y los otros japoneses de la embajada Keicho habían desembarcado en octubre de 1614.
Sólo faltaba un eslabón para construir la cadena que conectara a un hecho con otro y ese eslabón fue el discurso del príncipe Naruhito, lo que aquí he llamado “las bendiciones del príncipe”. ¿Cómo fue posible que Su Alteza Imperial conociese esos datos? ¿cómo fue capaz de asociar, con una seguridad carente de dudas, nuestra existencia, la de los Japón de Coria del Río, con la embajada Keicho?. Las dudas se nos disiparon cuando, al día siguiente, tuve la fortuna de conocer al ex embajador Hayashiya y de precisar sus rasgos biográficos. Él era quien “nos había descubierto” para la sociedad japonesa y supe que el embajador mantenía fluidas relaciones con la familia imperial nipona y con la de entonces princesa heredera Masako. Esas conexiones y su pasado diplomático en España le habrían otorgado la presidencia del séquito de Naruhito en ese viaje a España. No era aventurado, por tanto, suponer que fuese Hayashiya quien, en el marco de la preparación de esa presencia, le trasladase la sugerente realidad de nuestra existencia, un dato que luego alcanzaría especial relevancia en el contenido de su discurso.
3
Esta conmovedora actitud de S.A.I. con los Japón de Coria del Río, sus “bendiciones”, tuvo efectos diversos que el tiempo iría descubriendo. El más inmediato, la toma de conciencia de lo que nuestro apellido significaba como posible nexo para fundamentar una relación de sostenida amistad entre los Japón y los japoneses. Es un logro que hoy puede constarse sólo conociendo cómo elementos de la cultura japonesa se han integrado en el ciclo festivo local, —el Hanami o el Toro Nagashi— además de la aparición de una nueva toponimia en algunos espacios urbanos, roturación en japonés de comercios, o la realización anual de Semanas de Cultura Japonesa. En fin, lo que damos en llamar “la huella japonesa” (2).
Lo que entonces constituyó el reconocimiento que desde la Casa Imperial japonesa se otorgaba a los Japón de Coria del Río, en junio de 2013 tendría la más rotunda ratificación. Naruhito regresó a España para inaugurar, junto al entonces Príncipe de Asturias, los actos del Año Dual, un programa de actos destinados a conmemorar, por ambos países, los cuatrocientos años desde la llegada a España de la embajada Keicho (1613-1620). Ante nuestra ilusionada incredulidad, supimos que, en su agenda oficial, el prócer japonés había incluido una visita al pueblo sevillano que había visto llegar al que podemos considerar el primer embajador de Japón que pasó por España: Hasekura Tsunenaga. Para ese momento, Virginio Carvajal Japón ya no estaba entre nosotros. Había fallecido en 2005 tras regresar de la Feria Mundial de Aishi, en la que había formado parte del comité del Pabellón español. Sin embargo, la perceptible ausencia de quien había sido el promotor de toda esta experiencia, no tuvo ningún correlato de olvido. El pueblo coriano se echó a la calle convirtiendo su visita en un motivo de júbilo y dando al heredero japonés del trono, el recibimiento que correspondía a su alta dignidad.







Aquella inolvidable mañana, quienes le habíamos conocido y acompañado, supimos que el sueño de Virginio se había cumplido. Porque su objetivo fue que, no sólo los/as llamados/as Japón, sino todo el pueblo, se sintiese integrado en este nuevo parámetro de nuestra realidad histórica y cultural. La presencia del príncipe en Coria del Río constituyó una jornada festiva y durante todo el tiempo se vio rodeado por un halo de admiraciones que él recibía con visible satisfacción. Naruhito, sin dejar de sonreír y saludar, se dejó envolver por un entusiasmo popular que desbordaba las rígidas previsiones del protocolo. Recorrió a pie la orilla del Guadalquivir y plantó un sakura junto a la estatua del histórico samurái, emplazada en la misma orilla en la que había atracado en 1614. Más tarde, S.A.I visitó un centro escolar en el que, ante sus visibles gestos de sorpresa y agrado, un grupo de niños y niñas entonó una conocida canción japonesa, “Hana wa saku” (Florecerán las flores), tras lo cual fue despedido por medio millar de alumnos que gritaban su nombre y ondeaban las banderas de Japón y España.


Para los habitantes de Coria del Río, —para los apellidados Japón y para los que no lo eran—, aquel 14 de junio de 2013 quedará señalado como una experiencia inolvidable. Y fue de nuevo un motivo de alta satisfacción saber que también lo había sido para el príncipe Naruhito. Tal fue el sentido de su gesto, tres años después, en enero 2016, cuando en el curso de los actos de la fiesta de Nuevo Año, que se promueven y realizan en el Palacio Imperial de Tokio, sujetos a la rígida liturgia de la tradición nipona, en el momento dedicado a la lectura de poesía por parte de algún miembro de la Casa Imperial, —“Utakai Hajime”—, En aquella ocasión fue el príncipe quien leyó este sencillo waka, rememorando su visita a Coria del Río y el cálido acogimiento que se le había brindado: “En un pequeño pueblo de España/ resuenan con emoción los cánticos de sus gentes/, la canción por la reconstrucción».

Sus palabras eran el eco de lo que Naruhito debió sentir aquella luminosa mañana de junio recorriendo las calles de ese “pueblo español”, tan ligado a la historia de su país, vitoreado por gentes de toda edad y condición. Y así es también la huella indeleble que aquellos hechos dejaron grabada en la memoria de quienes vivimos aquella confirmación de las bendiciones que nos dejara en julio de 1992.
Notas
(1) Es un hecho trascendente para entender la realidad de las conexiones entre los japoneses y los Japón de Coria del Río, pero no debemos extendernos aquí. Les remito a la lectura de mi libro “De Sendai a Coria del Río. historias de japoneses y japonés”. Universidad de Sevilla. 2014.
(2) Vid Suárez Japón, JM (2025). “Virginio Carvajal Japón (In Memoriam). 20 años de relaciones de amistad hispano Japonesa en Coria del Rio (Sevilla)·. Ed. Asociación Hasekura y Ayuntamiento de Coria del Río.
