La soledad de los hablantes: la insoportable levedad del sujeto
Tomamos prestado ese título de Kundera para hacer aquí un breve repaso de las teorías sobre el lenguaje enfocándonos en el papel que desempeñamos como hablantes en la historia de las ideas lingüísticas. Pasaremos de vernos como hablantes ignorados a estar progresivamente puestos en el centro del mundo, con una libertad de poder decir y hacer ilimitada, para al final desvanecernos casi por completo, siervos de unos discursos que deben retornar, sujetos por leves hilos al borde del abismo de una soledad necesaria, inconscientes de nuestra propia inexistencia en la ecuación del lenguaje.
No pondremos nombres de autores a esas teorías, para no entorpecer el relato, y también por su papel mucho menos relevante de lo que solemos creer. En todo caso, nuestras referencias principales serán fácilmente reconocibles para quienes nos estén leyendo: desde Platón y Aristóteles a Frege, Russell, Quine, Saussure, Bajtín, Benveniste, Foucault, Pêcheux, Fuchs, Kerbrat, Maingueneau… no todo·as eran lingüistas en sentido estricto, hay nombres de filósofos y de analistas del discurso. La lista está muy incompleta, pero nos bastan ahora para representar la evolución del pensamiento sobre el lenguaje. Se trata de un pensamiento situado en Occidente. Este texto no pretende dar cuenta de lo que pasa en otros puntos del globo ni abarcar todas las lenguas habladas, ni tampoco todos los lenguajes.
Esa caminata por las ideas lingüísticas occidentales nos llevará también, eso espero, a la comprensión de cómo funciona el diálogo onlife (en la interacción “real” o “virtual”) y por qué nos parece que este siempre falla, que siempre todavía cada vez resulta insuficiente.
Dicho esto, conviene saber que el primer pensamiento del que se tiene constancia sobre el lenguaje se centraba básicamente en la relación entre los nombres y las cosas, con la creencia de que existía una relación directa, necesaria, entre ambos elementos, independientemente del ser hablante. Los nombres decían la realidad del mundo. Se partía de la premisa de que esas cosas nombradas existían fuera del lenguaje y de que las palabras eran el instrumento a la vez para designar las cosas y conocerlas conceptualmente.
El sujeto hablante tenía por entonces una nula influencia sobre el mundo y sobre el lenguaje, al considerarse ambas incógnitas como algo establecido de antemano, como algo “ya dado”.
Se presupuso durante mucho tiempo que esta relación era de una unidad a una unidad; es decir: de una palabra a una cosa. Pero llegó un día en que un filósofo destacó el hecho de que, muchas veces, para designar una misma cosa, había varias palabras posibles y que la elección de una u otra palabra dependía del hablante que observaba la cosa, no de la cosa en sí misma. Se pueden dar muchos ejemplos de esto, pero quizá el más célebre tiene que ver con ese astro en el cielo que podemos llamar planeta Venus, lucero del alba o estrella vespertina, según el caso, dependiendo del bagaje cultural del observador y del momento de la observación.
Esta constatación obligó a reconsiderar los primeros esquemas de la relación entre las palabras y las cosas. En adelante, en vez de decir que las palabras nombran o “designan” cosas, hubo que decir que las palabras “denotan” cosas. Esa denotación implicaba la consideración de “sentidos” al referirnos a una cosa, de manera que ya no bastaba hablar de “conceptos”.
Los sentidos de una palabra aportan a la relación entre las palabras y las cosas el punto de vista del observador, o sea, del sujeto hablante. Este sujeto hablante de repente se manifestó como una fuente de subjetividad que podía poner en riesgo los viejos esquemas. A los sentidos “accidentales” que, de alguna forma, complicaban la relación de denotación, se los llamó “connotaciones”.
No es que los filósofos antiguos hubiesen ignorado este fenómeno ligado al punto de vista, sino que lo trataron como algo secundario, esporádico, coyuntural. Hasta que poco a poco el término de “connotaciones” se popularizó e incluso se convirtió en un término clave en los estudios del lenguaje en el siglo XX. Hubo quien incluso defendió la idea de que “todo es connotación”; es decir, que al principio fue la connotación.
Ante el riesgo de la imposibilidad de hablar que supone la consideración de los puntos de vista y, sobre todo, ante el riesgo de la imposibilidad de estudiar “objetivamente” en lenguaje, se convino en separar lo que concierne a la “lengua” (como sistema estructurado) de lo que concierne al “habla” (como fenómeno impredecible). La lengua, entendida como sistema, donde cada palabra significa negativamente (es decir, que significa lo que otra palabra no significa), independientemente de las personas y las cosas del mundo alrededor, permitió a la lingüística establecerse como ciencia, con mucho éxito.
Pero no se tardó en llegar a la constatación del hecho de que, dentro mismo del sistema, hay palabras que no pueden separarse de su significación positiva, dada su relación insoslayable con las personas y con el espacio-tiempo en que estas hablan. Son palabras sencillas, muy frecuentes, como “yo”, “tu”, “aquí”, “ahora” “grande”, “pequeño” que señalan algo pasajero, relativo, intercambiable, que refieren a cosas sin las cuales la lengua misma no puede realizarse, volviéndose entonces una mera entelequia sin utilidad. Tales palabras refieren a la situación en la que cada interacción ocurre.
Así, se comprendió que la lengua no existiría si no “funcionase”, es decir, sin alguien que en algún momento y en algún lugar hablase concretamente para alguien. De hecho, se comprendió que ya no bastaba solo el hablante, sino que el “otro”, el “tú”, de repente era imprescindible en la ecuación del lenguaje. Entonces, al principio fue el diálogo, siendo la lengua una mera potencialidad de diálogo.
Esta idea revolucionaria que pone el foco en la función relacional del lenguaje por encima de la función informativa consiguió muchos adeptos, la mayoría gente de ideología marxista al principio y, después, simplemente progresista.
Los estudios del lenguaje comienzan a incluir en sus preocupaciones un conjunto de ideas y valores que buscan promover la igualdad, la justicia social y el cambio positivo en la sociedad, con el fin de garantizar la libertad de expresión y la igualdad de género. Incluso la protección del medio ambiente gana un espacio importante en las preocupaciones lingüísticas, al comprenderse que los sujetos que hablan las lenguas participan, al hablar, en luchas de clases y juegos de poder, condicionados por un espacio-tiempo que no es un simple decorado, sino el marco necesario para que acontezca la vida.
Los estudios sobre el lenguaje buscaron entonces comprender el volumen de participación de las instituciones políticas y sociales, la familia, las escuelas, las universidades, las prisiones, los hospitales en el control de lo que se puede decir y cómo, de quiénes pueden hablar y ser oídos y quienes, al contrario, deben permanecer callados o inaudibles.
En este contexto, las frases que estudiaban los gramáticos para comprobar las condiciones de gramaticalidad y de verdad solo interesan en tanto que manifestaciones de discursos posibles. Los textos, por muy bien estructurado que estén, por muy geniales que sean sus autores, no se ven como elementos aislados, sino como formando parte de un flujo de producción donde todos repiten el saber de cada época, lo decible de cada época, dialogando entre ellos, cada uno desde sus condicionamientos de forma, contenido e ideología.
De esta manera, se entiende que, en cada lugar y época, se produce un diálogo de lo poético con lo científico, con lo histórico, con lo político, con lo filosófico, con lo religioso y con el vivir cotidiano. Todos los textos cuentan, cada uno a su forma y con sus objetivos, el mismo mundo dominado por una misma voluntad de verdad; es decir, cada uno aporta su grano en la representación de un mismo mundo, que no es la realidad, sino lo que se entiende por realidad en cada lugar y momento de la historia, con las herramientas que proporciona la lengua y los límites que marcan las instituciones para que el orden que establecen las palabras no se convierta en caos.
Con las anteriores premisas, los sujetos, después de siglos habiendo estado ausentes de la ecuación lingüística y, tras décadas detentando el poder de las palabras, actualmente están presentes, pero sin verdaderamente hablar. No hablamos, sino que somos hablados por el discurso. Lo importante es que lo que debe ser dicho retorne y que lo que no puede ser dicho permanezca fuera de circulación.
La novedad no está en cada retorno, con leves variaciones, del mismo discurso; sino en el hecho de que el discurso posible retorne cada vez, en un aquí-ahora que tampoco es tan coyuntural como creíamos, sino parte de unos espacio-tiempos posibles. Al ser hablados por el discurso que debe retornar, bajo sus múltiples formas posibles, los sujetos entonces tampoco pueden dialogar.
Los seres “hablados”, todo lo más, pueden intentar ajustar sus posturas para que la interacción entre seres hablados pueda simular un diálogo. Es por esto, creemos, que tantas veces las conversaciones (en las redes o fuera de las redes) parecen diálogos de besugos… ¿como si realmente fuese imposible el diálogo entre personas de diferente género, formación discursiva e ideológica?
Tras la observación de esta larga y sinuosa trayectoria de curiosidades e intereses que han delineado el conocimiento sobre el acto cotidiano de hablar, nos preguntamos: ¿no es todo esto un juego de ilusiones? Estamos idealizando constantemente a nuestros «oyentes» o «interlocutores». Al igual que ajustamos constantemente nuestro punto de vista al hablar, adoptamos posturas, gestos y palabras en cada acto de interacción. Al comunicar con los demás, esperamos (como una súplica) que se nos comprenda, se nos interprete bien, sin saber si nuestro interlocutor realmente ha captado lo que queremos decir.
Creemos que entendemos lo que nos dicen, sin estar seguros de lo que se ha dicho. Y en este juego, lo que parece motivarnos es el deseo de estar un poco menos solos y de poder, por fin, dialogar.
Ilustración: Miguel Parra Boyero.
29 de enero de 2026 @ 13:40
Texto muito relevante para os estudos da linguagem. Prima pela coerência e pela densidade, Coerente com o que propõe a fazer e o faz com muita propriedade, ou seja, que os teóricos são reconhecidos pelos leitores, mesmo sem serem citados diretamente. Parabéns…
29 de enero de 2026 @ 16:11
Excelente texto!!!! Parabéns Bianca e Prof. Juan. Dialogar é preciso e é (im)preciso sempre!